El 26 de junio de 1982, una bomba oculta en una mochila abandonada junto a una tapia detonó en Rentería al paso de Alberto Muñagorri, un niño de diez años que sufrió la amputación de su pierna izquierda, graves heridas de metralla y la pérdida de visión de un ojo, como cuentan en 'Noticias Cuatro'.
Aquel suceso convirtió al pequeño en una advertencia colectiva para toda una generación a la que en sus hogares se recomendaba no tocar jamás un bulto sospechoso en la calle. Tras ocho años de investigación y entrevistas, el escritor y periodista Ander Izagirre recoge esta trayectoria en el libro ‘La mochila’ (Libros del K.O.), surgido a raíz de que el propio Muñagorri le contactara en 2018 para relatar su vida.
En la cama del hospital, tras sufrir las secuelas físicas del atentado, su madre, Sara Berdasco, le ofreció una reflexión que marcaría su actitud vital: “Tienes dos opciones: o quedarte triste y enfadado en un rincón o seguir haciendo las cosas que te gustan y ser feliz”. Alberto asumió esa premisa para rehacer su camino evitando el resentimiento: “Tienes que ser feliz y no odiar -explica Muñagorri en Noticias Cuatro-. Ese fue un poco mi objetivo. Yo quería quitarme la etiqueta”.
El atentado se enmarcó en la campaña de ETA contra la construcción de la central nuclear de Lemoniz. Pocas horas después de la explosión, el Ayuntamiento de Rentería aprobó en un pleno crispado una moción que no mencionaba a la organización terrorista, responsabilizaba a la policía y a la empresa Iberduero y omitía ayudas para la víctima. Mientras estuvo ingresado durante dos meses recibiendo muestras de apoyo de toda España, solo una carta procedía de su municipio, donde primó una tónica de silencio e incomodidad hacia su figura.
Con el paso del tiempo, Muñagorri reconstruyó su día a día practicando deporte de competición, participando en programas discretos de reunión con presos de ETA en la cárcel y ejerciendo como concejal en Rentería. Pese a que el atentado permanece sin resolución judicial, ha manifestado su disposición a hablar con el autor de la bomba y ofrecerle su perdón si este reconoce el daño causado.
Sobre el final de la violencia armada, apela a una reflexión sincera sobre el impacto del conflicto: “¿Para qué cojones ha servido, a qué nos ha llevado todo esto? [...] Ha habido sufrimiento por un lado, sufrimiento por el otro”. Asimismo, al referirse a su participación en pruebas deportivas luciendo su prótesis, puntualiza la dimensión de su testimonio: “Espero que nadie se quede reconfortado cuando me vea correr, porque yo corro enseñando las cicatrices”.