La isla de Toralla, en Vigo, aparece como una mancha verde y rocosa en plena ría. Sobre ella se levantan chalés privados, viales restringidos, muros, una barrera de acceso y una torre residencial que es una de las imágenes más reconocibles. 'Viajeros Cuatro' se adentró en ella en la temporada 6 junto al surfista Gony Zubizarreta, que se crió en el piso 6 de la famosa torre, quien recordaba una sensación muy gráfica: “Con las tormentas hay veces que tiembla hasta el edificio”. Toralla no es una urbanización cualquiera, está literalmente expuesta al mar.
Está conectada con tierra por un puente, pero no funciona como un espacio abierto al paseo, para quienes no son residentes, el acceso está restringido. Se puede llegar a los arenales situados junto al puente, pero el interior de la isla continúa siendo un territorio vigilado, cerrado y profundamente controvertido.
Toralla no es una isla grande, pero su impacto visual sí que lo es. La torre de 21 plantas y unos 70 metros de altura domina el perfil de la isla y se ve desde diferentes puntos de la costa viguesa. A su alrededor, más de treinta chalés ocupan una superficie que podría haber sido un espacio natural o un borde litoral abierto a todos.
La imagen resulta sorprendente por el contraste. A un lado, está la ría, las playas, el horizonte de las Cíes y el imaginario de las Rías Baixas como paisaje atlántico de valor natural. Al otro, una urbanización privada levantada en una isla, con viviendas exclusivas y acceso limitado.
El caso de Toralla se ha convertido en un símbolo de una época: el desarrollismo de los años sesenta y setenta, cuando muchos tramos del litoral español fueron urbanizados con una lógica muy diferente a la sensibilidad ambiental actual. Lo que entonces podía presentarse como modernidad, inversión y progreso, hoy se observa con otros ojos: los de la protección del paisaje, el derecho de acceso al mar y la recuperación de espacios públicos.
La historia de esta isla no empieza con los chalés ni tampoco con la torre. Se han señalado rastros de presencia antigua, vinculados a poblaciones castrexas, romanas e incluso referencias a etapas anteriores de ocupación o uso del territorio. Antes de ser la urbanización que es hoy, también fue propiedad de la iglesia, pasó por manos privadas y tuvo diferentes usos vinculados al mar y a la actividad económica.
En los años sesenta, en plena etapa de expansión urbanística, la isla pasó a manos de una sociedad privada que comenzó el proceso de urbanización. Se construyó el puente que la une con la costa, se levantaron viviendas y se edificó la torre que hoy en día define su silueta.
La torre, obra del arquitecto Xosé Bar Boo, tiene una dimensión cultural inesperada: aparece en el imaginario literario gallego gracias a Domingo Villar, que situó en ella una escena de Ollos de auga, la primera novela del inspector Leo Caldas. Así, Toralla no solo forma parte del debate urbanístico de Vigo, sino también forma parte de su literatura.
El edificio de Toralla es uno de los elementos que más llama la atención. No es algo habitual ver una torre residencial de esas dimensiones en una isla tan pequeña y privada. Esta verticalidad la convierte en una especie de faro involuntario y en símbolo de una forma de ocupar el litoral que hoy resultaría bastante complicada de imaginar.
Quienes viven allí disfrutan de una ubicación excepcional: vistas abiertas a la ría, proximidad al mar, privacidad y una relación directa con uno de los paisajes más singulares de Galicia. Pero, esa misma situación también genera una experiencia diferente a la de cualquier otro edificio. Cuando hay temporal, y el viento y la lluvia golpean la ría, la sensación de exposición es muy grande.
La gran polémica de Toralla no está solo en lo que se construyó, sino en quién puede o no entrar. Para muchos vigueses, la isla representa una paradoja: es un espacio situado en plena ría, conectado por un puente y rodeado de mar, pero gestionada por una urbanización privada.
El acceso a la isla está controlado por una barrera y vigilancia. Los no residentes pueden acercarse a los arenales situados junto al puente, pero no pueden recorrer libremente el interior de la isla ni tampoco pueden bordearla por su litoral. Esta limitación ha alimentado las quejas de colectivos vecinales, ecologistas y partidos políticos que reclaman la recuperación del tránsito público y el cumplimiento efectivo de la normativa de costas.
Si Toralla se planteara hoy desde cero, posiblemente el debate sería muy diferente. El pasado permitió su construcción y el presente intenta encajar esa herencia con las normas actuales de acceso público, protección del litoral y derecho ciudadano al paisaje.