La Ciudad Amurallada de Kowloon, en Hong Kong, durante décadas fue descrita como una ciudad dentro de otra ciudad, un laberinto vertical de edificios pegados unos a otros con pasillos oscuros, escaleras sin fin, cables colgando, viviendas diminutas, clínicas sin licencia, talleres, templos, colegios, restaurantes y miles de personas viviendo en una superficie minúscula, en la temporada 8 de “Viajeros Cuatro” pudimos comprobarlo.
Antes de su demolición, iniciada en 1993 y completada un año después, Kowloon Walled City se convirtió en uno de los ejemplos urbanos más extremos del siglo XX. En apenas unas 2,6 hectáreas llegaron a vivir 33.000 personas, una cifra que la convirtió en uno de los lugares con mayor densidad de población jamás registrados.
Cuando se miraba desde fuera, parecía un bloque compacto de hormigón. Desde dentro, era un mundo complejo y duro, aunque también fascinante, donde la vida cotidiana se abría paso entre la precariedad, la falta de regulación y una sorprendente capacidad de organización comunitaria.
Pero su historia no se reduce solo a una barriada superpoblada, también es la historia de una anomalía política, de una frontera mal resuelta. Fue una ciudad que creció entre los huecos de la ley y de un espacio que, al desaparecer, se convirtió en un auténtico mito.
Para poder entender la Ciudad Amurallada de Kowloon hay que retroceder mucho antes de los rascacielos improvisados y los callejones sin luz. El origen de esta ciudad está en la fortificación china construida por la dinastía Qing en el siglo XIX. Su función era meramente militar: se buscaba reforzar la defensa costera de la zona frente a la expansión británica en Hong Kong.
La ciudad amurallada fue levantada entre 1846 y 1847. Estaba rodeada por muros de granito, tenía torres de vigilancia y puertas de acceso, y dentro guardaba oficinas militares, cuarteles, depósitos y algunas viviendas civiles. En ese momento, no era una ciudad de hormigón, sino un puesto defensivo con valor estratégico.
La situación se complicó en 1898, cuando el Reino Unido arrendó los Nuevos Territorios por 99 años. Esta ciudad quedó en una especie de limbo. Aunque físicamente estaba dentro de Hong Kong que era administrado por los británicos, su estatus jurídico quedó marcado por la reivindicación china. Esa ambigüedad sembró el terreno para todo lo que vendría después.
En 1899, las autoridades británicas expulsaron a los funcionarios Qing que aún permanecían allí. Desde entonces, la ciudad comenzó a perder su función militar formal y fue quedándose atrapada en una situación muy particular: estaba demasiado dentro de Hong Kong para ser ajeno a la ciudad, pero era demasiado ambigua como para ser gobernada con normalidad.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Hong Kong recibió a numerosos refugiados y migrantes, en especial a personas que huían de la guerra civil china y de la inestabilidad del continente. En un principio, las viviendas eran más bajas y precarias, con la presión demográfica, se comenzó a construir haciendo que los edificios crecieran. La ciudad no podía expandirse en superficie, pero sí en altura.
La cifra más repetida habla de unos 33.000 habitantes viviendo en 2,6 hectáreas. Eso sería más de un millón de habitantes por kilómetro cuadrado, un número bastante complejo de imaginar incluso para aquellos que hayan vivido en ciudades densas como Bombay o Ciudad de México.
Pero los datos no cuentan por sí solos la experiencia. Kowloon no era solo un lugar lleno de gente. Era un lugar donde la intimidad, la ventilación, la luz natural y el espacio natural eran bienes escasos. Muchas viviendas eran minúsculas, no tenían ventanas, eran húmedas y oscuras.
Tal era la densidad, que la Ciudad Amurallada de Kowloon fue conocida como la “ciudad de la oscuridad” porque los edificios impedían que la luz llegara a muchas calles o pasillos interiores. Las bombillas eran imprescindibles para poder moverse en el interior.
La altura de sus edificios estaba limitada a 14 plantas, y estaba condicionada por la cercanía del aeropuerto de Kai Tak, ya que los aviones sobrevolaban esa zona a baja altura, y existían ciertas restricciones, aunque no siempre eran respetadas.
La Ciudad Amurallada de Kowloon tuvo fama de ser un territorio sin ley. Durante décadas fue asociada a las tríadas, el juego, la prostitución, las drogas, las clínicas ilegales, los dentistas sin licencia y todo tipo de actividades al margen de la regulación oficial. Debido a la falta de control estatal, ciertas actividades pudieron prosperar con mucha menos vigilancia en el resto de Hong Kong.
Pero, reducir Kowloon a una guarida criminal sería bastante simplista. Allí vivían familias, trabajadores, pequeños comerciantes y personas que no tenían otra alternativa. Había escuelas, templos, organizaciones vecinales, tiendas, talleres, restaurantes y redes de apoyo.
La vida en la ciudad era dura, pero no era todo caos. De hecho, esta es una de las cosas que más sorprende a los investigadores, que pese a la falta de regulación formal, existían sistemas informales de convivencia, propiedad, compraventa de pisos y resolución de problemas. No era una ciudad ordenada, pero tampoco un vacío absoluto.
En los años ochenta, después de la Declaración Conjunta Sino-Británica de 1984, Hong Kong fue devuelta a China. Años más tarde, en 1987, el gobierno de Hong Kong anunció que la ciudad sería demolida y que se convertiría en un parque urbano. A partir de entonces comenzó un largo proceso de desalojo, compensaciones, reubicación y derribo hasta que en marzo de 1993 comenzó la demolición.