Hay momentos que quedan para siempre en la memoria de todo un país, y la tarde del 10 de junio de 1989 es uno de ellos. Jesús Calleja no ha podido ocultar su emoción al recordar, frente a una de las mayores leyendas del deporte español, cómo se vivió aquella gesta desde el salón de su casa:
"Se me estaban poniendo los pelos de punta porque fue tan increíble. Yo lo recuerdo pegado al sillón con mi padre, con mi madre... Es como ver la final de fútbol de un Mundial", le confesaba Calleja. En un descanso en su viaje hacia los Guerreros de Terracota en 'Universo Calleja', Arantxa Sánchez Vicario ha echado la vista atrás para reconstruir el partido de su vida.
Para tocar la gloria en París con apenas 17 años, Arantxa tuvo que pagar antes un precio muy alto en su infancia. Ante la falta de apoyos en España, la Federación Alemana de Tenis le ofreció una beca de entrenamiento, una oportunidad de oro que la obligó a marcharse con tan solo 12 años rumbo a la estricta disciplina germana.
"Era muy joven, mis padres no estaban de acuerdo que fuese porque tenía 12 años, pero yo dije: 'Yo quiero ser tenista, quiero ser la mejor", recordaba Arantxa sobre su empeño para emprender el viaje de su vida. Pero no fue fácil: "Y lo pasé fatal. No hablaba el idioma, la mentalidad diferente, una disciplina, o sea, todo diferente que nuestra cultura".
Aquellos momentos estuvieron marcados por la soledad más absoluta: "No conocía a nadie porque era todo el día alemán, alemán, alemán... Y yo necesitaba hablar español". Sin embargo, aquel sacrificio forjó el carácter de una tenista que, contra todo pronóstico, estaba a punto de hacer historia.
Al llegar al año 1989, el panorama del tenis femenino estaba dominado por Steffi Graf. La alemana encadenaba dos años y medio invicta. "Era la persona invencible en esos momentos", apuntaba Arantxa. El reto en la final de Roland Garros era mayúsculo y la presión de la prensa, asfixiante, hasta el punto de que la barcelonesa no pudo pegar ojo la noche anterior.
El partido se convirtió en una batalla psicológica de tres horas que la extenista recuerda con total nitidez. Tras apuntarse el primer set y ceder el segundo, el momento crítico llegó en el tercero, con un 5-3 y Graf sacando para ganar el torneo.
Fue ahí donde salió la Arantxa que todos recuerdan: "Le rompo en blanco, significa que no gana un punto en ese juego, y yo pienso: '¡Sí! La número uno también se pone nerviosa, yo puedo ganar este partido'". Tras una remontada agónica, llegó la bola de partido definitiva:
"Saco perfectamente al revés de Steffi, ella me resta cortado a mi revés, yo le pego un revesazo cruzado y falla. Entonces, ¡juego, set y partido! O sea, yo no me creí que había ganado Roland Garros hasta que tuve la copa en la mano. No era consciente".
Pasar de ser una niña "desconocida, desconocida, desconocida" a convertirse en la primera mujer española en ganar un Grand Slam cambió por completo sus dinámicas. La victoria trajo consigo una gran exigencia que la obligó a aprender a convivir con el rol de máxima favorita. Un rol muy peligroso, como ahora recuerda.
La crudeza del éxito prematuro se manifestó con fuerza apenas un año después, cuando Arantxa no logró revalidar el título en París: "La primera vez que perdí después de haber ganado Roland Garros... la prensa me machacó. Cuando tuve que defender Roland Garros al año siguiente, con 18, perdí en tercera ronda... No fue lo mismo que cuando gané".
Calleja quiso saber entonces si el trato mediático era igual de severo con sus compañeros varones, a lo que la extenista respondió con total franqueza: "No. Yo creo que no. La diferencia se notaba".