Susana Ruiz tenía 16 años y vivía con su familia en el barrio de San Blas, en el este de Madrid. Aquella noche de enero pidió permiso a sus padres para ir a un concierto en una sala de la zona. La única condición que la impusieron era sencilla: avisar al acabar para que fueran a recogerla. Justina y su marido aceptaron.
Lo que ocurrió después lo reconstruyeron más tarde: de camino, Susana se encontró con un grupo de conocidos que la convencieron para que los acompañara a una fiesta de cumpleaños en un edificio abandonado en un descampado de Vicálvaro. La adolescente estuvo allí bebiendo y fumando. Alrededor de las tres de la madrugada, decidió marcharse a casa andando. Nunca llegó a su destino. Al día siguiente, sus padres interpusieron la denuncia de desaparición.
Mes y medio después, el cadáver de Susana Ruiz apareció semidesnudo en un descampado, a escasos metros del lugar donde había estado aquella noche. La cara estaba desfigurada y el cuerpo boca abajo. El primer informe forense, sin embargo, no encontró signos de violencia y dictaminó que la causa de la muerte había sido un paro cardíaco provocado por el consumo de alcohol y drogas. El caso se archivó.
Lo que el informe no pudo pasar por alto, pero la jueza sí, eran tres detalles que apuntaban en dirección completamente opuesta. Que Susana tenía un fuerte golpe en la cabeza, le faltaba un diente y tenía la laringe rota. Cuando la familia exigió un segundo informe, la jueza lo rechazó.
Justina recuerda el momento en que se encontró con la magistrada y le dijo algo que quería que quedara grabado: "Usted está esperando un bebé, que no le pase lo que me ha pasado a mí."
El caso fue reabierto en cuatro ocasiones. Ninguna dio resultado.
En 1994, una cinta de audio cambió temporalmente el curso de la investigación. Un joven neonazi vinculado al grupo de extrema derecha Bases Autónomas, José Alberto Z.O., huyó de su casa dejando grabado un mensaje en el que aseguraba que Susana había sido golpeada con una piedra, violada y estrangulada por miembros de esa organización, y que los amigos que estuvieron con ella aquella noche sabían lo que había pasado y callaban por miedo. La Audiencia Provincial de Madrid ordenó investigar, pero el testimonio fue desacreditado: el propio autor de la cinta acabó afirmando que se lo había inventado todo.
En 1996, un nuevo testigo: otro exmiembro de Bases Autónomas, entonces en prisión en Guadalajara, relató que había presenciado el crimen directamente. Según su versión, Susana fue torturada, golpeada con una piedra y estrangulada por dos miembros del grupo, que además eran hijos de personas importantes. Fue llamado a declarar, pero en el momento de la verdad no se atrevió a revelar los nombres.
Ese mismo año, tras una larga lucha de la familia, se exhumó el cadáver. El segundo informe forense confirmó lo que la familia siempre había sostenido: fuerte golpe en la cabeza, estrangulamiento y signos de otras agresiones. Pero tampoco aquello sirvió para identificar a ningún responsable.
La última reapertura fue en 2001, cuando una mujer afirmó que su marido encarcelado había matado a Susana Ruiz. Tampoco pudo acreditarse.
Treinta y dos años después de aquella noche de enero, Justina Llorente sigue buscando respuestas. Y sigue teniendo información que todavía no puede hacer pública. Afirma que "Tengo uno (secreto), pero que no lo puedo decir ahora. Ya sabes por dónde voy." Y luego añadió: "Mi secreto. El día que pueda decirlo lo cantaré a los cuatro vientos."
Esas dos frases, implican que la investigación no ha terminado, que hay algo que Justina sabe o sospecha y que está esperando el momento de poder decirlo.
Lo que hace especialmente singular este episodio es la combinación de dolor intacto y capacidad de seguir viviendo que transmite Justina. Cuando le pregunta qué fue "lo que el viento se llevó", responde: "A mi hija. Y eso no vuelve nunca más. Es un trozo de tu cuerpo que te han quitado y que no cicatriza nunca."
Y sin embargo, también dice esto: "Yo miro para arriba y digo: soy feliz." Ha llorado mucho, reconoce. Pero ha aprendido a sonreír. Tiene una amiga llamada Montse, de su misma edad, con quien cuando se junta dice que no hay penas. Sigue cuidando su balcón lleno de geranios. Y sigue dando guerra, como ella misma anticipa que dirán quienes la vean en televisión: "¿Pero todavía está dando guerra esta señora?".