Ha pasado poco más de un mes del fallecimiento de Iván Sanz Cid, su mujer Irene y dos de sus tres hijos, Irenita y Alvarito y sigo sin creérmelo y al mismo tiempo sin superar la insoportable ausencia de todos ellos. Habían llenado nuestras vidas los últimos quince años de tantas maravillosas sensaciones que es imposible levantarse cada día sin pensar en ellos con los ojos humedecidos y sintiendo un dolor para el que no existe consuelo posible. Uno se pregunta por qué ha tenido que ocurrir una tragedia así, por qué el destino se ha cebado con una familia buena y ejemplar y no encuentro respuestas, lo que hace que la pesadumbre sea más grande. Iván era un ser extraordinario, el mejor hijo, el mejor hermano, el mejor esposo y padre y el mejor de los amigos que uno podía tener. Para nosotros, era más que un amigo, era nuestro hermano, nuestra familia misma. Generoso hasta el extremo, siempre dispuesto a ayudar a quien fuera, cordial, honesto, tremendamente vital, Iván interiorizó los enormes valores de sus padres, Luis y Mari Luz, basados en la humildad, el esfuerzo y el sacrificio, el respeto por la tradición, la consideración de la familia y la eterna disposición de estar siempre al lado de quien lo necesitaba. Daba igual qué o quién. Lo mismo daba el equipo de rugby de su hijo Alvarito, cualquier ONG o acción destinada a promocionar los vinos de la DO Ribera del Duero y la gastronomía de su tierra, Valladolid. Junto a su hermana Belén dimensionó extraordinariamente la bodega Dehesa de los Canónigos fundada por sus padres, modernizándola y posicionándola a nivel nacional e internacional. Se nos ha ido uno de los grandes bodegueros que teníamos en nuestro país y lo que para mí es más importante, un ser humano auténtico y excepcional. Las viñas de la Dehesa de los Canónigos no dejan de llorar. Esas lagrimas que terminarán fundidas con el zumo de las uvas que darán origen a la añada 2026, que Iván velará desde el cielo para que sea más extraordinaria aún que las anteriores. He recuperado la última entrevista que le hice a finales del pasado mes de Junio y que publicamos en las redes de nuestra web delascosasdelcomer.com. En ella me contó el último viñedo que estaban plantando. Era un viejo sueño de su padre, D. Luis Sanz. Tras terminar la entrevista rompió a llorar desconsoladamente y lloré con él. Quien me iba a decir que unas semanas después iba a encontrarse con su padre en el cielo. Descansa en paz, amigo, hermano mío. Descansad en paz Irene, Irenita y Alvarito. Siempre viviréis en nosotros.