Hay crímenes que sacuden la conciencia colectiva de la sociedad, no solo por su brutalidad, sino por la identidad de quien los comete. El llamado 'crimen de la catana' pertenece a esa categoría, con un adolescente aparentemente normal, sin historial violento conocido, que una madrugada ejecutó metódicamente a toda su familia.
Esto pasó el 1 de abril de 2000, cuando el municipio murciano de Santiago el Mayor fue testigo de un horror inesperado. José Rabadán Pardo, un adolescente de 16 años, acabó con la vida de sus padres y de su hermana pequeña en su propio hogar utilizando una catana de 71 centímetros.
Las víctimas eran una familia que los vecinos describían como ejemplar. El padre, Rafael, de 51 años, había sido boxeador y trabajaba como camionero para que a su familia no le faltara nada. La madre, Mercedes, de 54, cuidaba de su casa y de sus hijos. Su hermanita María, de 9 años, era una nena con síndrome de Down.
A primera hora de la mañana, la policía recibió una llamada anónima que alertaba sobre tres muertes en la calle Santa Rosa. Alfonso Navarro, excomisario jefe de la investigación, lo recuerda diciendo: "Pasadas las 09:00 horas se recibe una llamada de un joven que dice que en un domicilio hay tres personas fallecidas y cuelga". Posteriormente hubo otras llamadas en las que ya alguien se identifica y "dice que ha matado a sus padres".
Las autoridades tiraron la puerta abajo y encontraron "un espectáculo dantesco, una carnicería". Primero hallaron el cuerpo de un hombre tumbado con una bolsa de plástico en la cabeza junto a un charco de sangre. Al entrar en el cuarto de baño, encontraron en la bañera a una niña tumbada boca arriba, también con la cabeza cubierta, y un rastro de sangre que hacía pensar que habían movido su cuerpo hasta allí. Finalmente, en una de las habitaciones, hallaron a una mujer boca abajo, con la cabeza muy golpeada.
La declaración de José ante los agentes fue estremecedora. El joven relató con frialdad cómo atacó primero a su padre por la espalda, al que golpeó y apuñaló con la catana. Después se dirigió a su madre, que llegó a gritar su nombre al verle, y la agredió también con el arma blanca. Finalmente fue a por su hermana pequeña, que estaba llorando; tras romperse la catana, buscó un puñal y la apuñaló hasta causarle la muerte.
Antes de marcharse, regresó junto a su madre para asestarle más cuchilladas y asegurarse de que había fallecido. Sumando, los forenses llegaron a contar más de 80 cortes en los cadáveres. El padre tenía más de 30, unos 35 la madre y casi 20 en el cuerpo de la niña.
Cuando le preguntaron por qué había matado también a su hermana pequeña, la respuesta de Rabadán reveló una lógica tan gélida como perturbadora: "¿Y qué iba a hacer ella sola en el mundo...? La maté para que no sufriera."
Ángel Cabezos explica que las bolsas de plástico en las cabezas de las víctimas respondían a un criterio puramente instrumental: el joven las colocó para poder transportar los cuerpos sin manchar todo de sangre, un hecho meramente eficiente, no compasivo.
Los padres de José le regalaron la catana. El joven practicaba con la espada samurái frente al espejo imitando al protagonista de su videojuego favorito. Alfonso Navarro destaca que en su habitación encontraron la catana, junto a puños americanos, pinchos, nunchakus, otro puñal tipo estilete y otros objetos. También encontraron libros de 'Satanás' o 'El poder de la magia', aunque el joven admitió que "no se los había terminado de leer".
Sin embargo, los expertos señalan la importancia de diferenciar entre correlación y causalidad. Que José Rabadán y el protagonista de Final Fantasy VIII tengan el mismo corte y una catana es una correlación, pero no causalidad. El joven no hizo lo que hizo por el videojuego.
El ordenador de José reveló su contacto diario con Sonia, una joven de 14 años de Terrassa, en Barcelona. La noche del crimen chateó con ella hasta que se acostó con la catana bajo la almohada. El joven, que usaba el nick "ODEIM" ('MIEDO' al revés), le contó "la crónica de lo que iba a ocurrir y había ocurrido". Ella contactó con Alfonso Navarro y le delató, confirmando que estaba en Alicante con su amigo Oliver y que quería ir a verla.
El plan de huida de José fue totalmente improvisado. Se fue de casa con dinero de su padre, hizo autostop y una mujer le llevó hasta Alicante. Allí pretendía tomar un tren a Barcelona para reunirse con Sonia, pero fue detenido junto a Oliver a su llegada a la ciudad Condal. Años después, Rabadán diría sobre aquella mañana: "No fui yo, fue mi cuerpo, pero no yo. Me sorprendió mi propio acto. Sólo quería volver a mi cama para que no me viera, pero mi espada bajó, bajó sola."
José Rabadán se convirtió en uno de los primeros casos de delito grave juzgado con la nueva Ley del Menor, que entró en vigor el 13 de enero de 2001. Pedro López Graña, abogado defensor, planteó un trastorno epiléptico como atenuante.
El juez Bernardo Pinazo dictó sentencia y ordenó el internamiento de José en un centro de menores durante seis años, además de otros dos de libertad vigilada. Tras ello, con 21 años, acudió a un centro de reinserción en Cantabria, donde empezó a salir con la hija de un pastor evangélico, y tres años después tuvieron una hija.