María Teresa Fernández, conocida por su familia como Mari Tere, desapareció el 18 de agosto de 2000. Aquella tarde, su padre la dejó en el centro de Motril, Granada, cerca de la parada del autobús que la joven tenía previsto coger para encontrarse con su novio en la playa. Desde allí, ambos iban a desplazarse hasta el recinto ferial para asistir a un concierto del grupo Café Quijano. Solo llevaba 2.000 pesetas en el bolsillo, lo que en aquel año equivalía a poco más de 12 euros, pero nunca llegó a su destino.
La familia nunca ha creído que Mari Tere pudiera haberse marchado voluntariamente con tan poco dinero encima. La teoría que Teresa Martín ha defendido durante décadas es que su hija se subió al coche de un conocido y que ese trayecto fue el inicio de lo que ocurrió después. La investigación continúa abierta. No hay un cuerpo. No hay una respuesta.
La desaparición de María Teresa no fue un hecho aislado en el mapa de los crímenes sin resolver de la Costa del Sol de aquellos años. Un año antes había desaparecido en Mijas otra joven, Rocío Wanninkhof, que apareció asesinada días después.
Tres años más tarde, en 2003, en Coín (Málaga), Sonia Carabantes correría la misma suerte. Los tres casos fueron rápidamente relacionados por el parecido físico de las jóvenes y su proximidad geográfica. El responsable de las muertes de Rocío y Sonia fue finalmente identificado como Tony King, un ciudadano británico que cumpliría condena por ambos crímenes.
Teresa Martín recibió el apoyo de las madres de las otras dos víctimas, pero no fue capaz de encontrarse con ellas en persona.
La decisión más extrema que tomó Teresa Martín en toda su búsqueda fue entrar a una cárcel a mirarle a los ojos. Lo hizo dos veces. El nombre era Tony King, el asesino convicto de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, quien en declaraciones escritas había insinuado un vínculo con el caso de María Teresa. Teresa le escribió una carta a la cárcel, pidió una cita y el preso aceptó recibirla. Le vio la cara con un cristal por medio.
Lo primero que le preguntó fue si era cierto lo que había escrito en la carta. King respondió que sí, y confirmó que había estado en Motril en múltiples ocasiones. Luego le dijo algo que Teresa Martín ha repetido en el programa sin que el peso de las palabras haya disminuido con los años: "Me dijo que mataba con dos dedos y que a mi hija la mató un amigo suyo, pero nunca la encontramos."
En ese encuentro, King también le indicó a Teresa que su hija estaba en un cementerio. Una afirmación que no vino acompañada de mayor precisión, por lo que no ayudó a encontrar a la joven. Posteriormente, el recluso llegó a salir de la cárcel con la policía para tratar de señalar el lugar donde habría abandonado el cuerpo de la joven, pero aseguró que no se acordaba.
La segunda visita de Teresa a Tony King ocurrió mientras este aún cumplía condena. Su hija había muerto ahogada en una piscina. Teresa aprovechó ese momento para contarle lo ocurrido. Él, sin embargo, tampoco en esa ocasión fue capaz de decirle dónde estaba María Teresa.
Las consecuencias de aquellos encuentros sobre la salud de Teresa fueron graves, ya que a partir de entonces desarrolló problemas de espalda que le impiden permanecer sentada más de media hora seguida, o de pie. Necesita estar acostada.
A Teresa Martín solo le queda lanzar una súplica directa a quien sea responsable de lo ocurrido con su hija: "¿Puede entenderme la persona que hizo eso con mi hija de que puede ser la madre, tu madre, que digas de una vez, por favor, dónde está?" Lo pregunta entre lágrimas, con la misma urgencia que el primer día.
Tiene 74 años. Tres hijas. Un marido al que describe como el amor más grande de su vida. Desde la habitación de Mari Tere, dice, se ve toda la playa de Motril. Y una sola certeza que repite como si fuera una promesa que se hace a sí misma: "Tengo que encontrarla antes de morir."