El barrio de El Raval era, sin duda, uno de los barrios más peligrosos de España, y hoy profundizamos en la investigación que se llevó a cabo para desmantelar una organización criminal dedicada al tráfico de heroína.
Acompañamos a Beatriz Berné, comandante de la Guardia Civil, que en 2008 se trasladó a Barcelona y se hizo cargo del Equipo de Delincuencia Organizada y Antidrogasde la Ciudad Condal, siendo la primera mujer encargada de liderar una unidad antidrogas en la Comandancia de Barcelona.
El punto de partida de la investigación tiene un contexto que muchos habían olvidado. En el año 2009, la heroína volvió a coger fuerza en España. Se había perdido el miedo provocado por las muertes que ocasionó en los años 80, y que supuso un duro castigo para buena parte de la población joven, convirtiendo a muchos en drogodependientes.
A eso se sumó un cambio en las formas de consumo que eliminaba uno de los grandes factores disuasorios de la generación anterior. Respecto a las maneras de consumirse, también esto cambió: se pasó del pinchazo, que muchas veces llevaba consigo el contagio del Sida, a fumarlo, lo que evitaba algunos riesgos. El resultado fue una demanda en alza que una organización pakistaní con base en el Raval estaba dispuesta a satisfacer con un método logístico de alta sofisticación.
La Guardia Civil tuvo que desmontar pieza a pieza el mecanismo de importación, y lo que encontraron resultó mucho más elaborado de lo habitual. Durante la investigación de la Operación Raval, la Guardia Civil llegó a conocer paso a paso cómo llegaba la droga a España desde países como Pakistán.
Descubrieron que existían unas "mulas" que ellos denominaban beduinos, que se iban de vacaciones largas temporadas a países como Pakistán. Estas personas regresaban con la droga hasta Barcelona, pero antes realizaban una escala en un aeropuerto europeo, donde se encontraban con viajeros procedentes de la Unión Europea en las salas de conexión internacional.
El mecanismo era ingenioso precisamente por su sencillez: en ese momento se intercambiaban la droga, teniendo en cuenta que el receptor no pasaba controles aduaneros porque solo se había movido dentro de la Unión Europea, y la mula volvía a Barcelona sin ningún cargamento. Sin rastro. Sin equipaje sospechoso.
Una vez en Barcelona, la droga recorría una cadena de distribución que la iba diluyendo progresivamente. Los traficantes encargados del reparto empezaban contactando con personas que tenían facilidad para distribuirla por todo el territorio español.
Antes del reparto, el dueño del alijo era el encargado de adulterar la droga en primera instancia y la repartía entre los minoristas, es decir, entre los camellos que la iban a distribuir en la calle. A su vez, estos minoristas también iban adulterando la droga, de modo que lo que llegaba al consumidor final podía tener solo un 15% de pureza.
Meses de escuchas telefónicas permitieron a los investigadores comprender el vocabulario cifrado que usaba la organización. La Guardia Civil, tras meses de complicadas investigaciones y escuchas telefónicas, estaba lista para actuar contra la cúpula.
En una de estas escuchas entre Malik y un contacto en los países árabes, los agentes se dieron cuenta de que Malik se dirigía a España con un cargamento. Con un lenguaje en clave, hablaban de coches refiriéndose a kilos de droga y de un conductor, el encargado de llevar la mercancía.
La intérprete del equipo resultó determinante. Tras las escuchas, la policía recibió otro dato clave: ese mismo día se enteraron de que Malik viajaría en un tren procedente de Zúrich con destino Barcelona. La intérprete, que conocía el perfil de Malik, estaba convencida de que no iba a llegar hasta el último punto de la ruta, la estación de Sants en Barcelona.
Teniendo en cuenta este pálpito, la operación se modificó y se organizó para que varios agentes camuflados se infiltraran en el mismo tren en el que viajaba Malik, para vigilar en qué estación se bajaba, ya que no se fiaban de que finalizara el trayecto completo, pero tampoco podían saber con antelación qué parada iba a elegir.
Se decidió ir hasta Perpiñán, los agentes se subieron al tren para comprobar que Malik viajaba físicamente en ese tren y seguirlo hasta el momento en que se bajase, fuera en Barcelona o en cualquier otro punto. Una clave en la detención era que debía efectuarse en suelo español, ya que las diligencias abiertas contra él estaban en un juzgado español.
Una vez que Malik decidió bajarse en una estación de Girona, los dos agentes que iban en el tren y otros dos que estaban en esa estación procedieron a darle el alto y detenerlo. Él en ese momento se quedó muy sorprendido y no entendía nada.
El desenlace fue el esperado. Una vez que la Guardia Civil revisó la maleta de Malik, encontraron varios edredones y, en un doble fondo, dos bolsas de heroína: una de 5 kilos y otra de 3 kilos.