El País Vasco es una tierra donde la frontera entre Francia y España se desdibuja en cada caserío, en cada sendero de montaña y en cada plato que llega a la mesa. 'Viajeros Cuatro' hace un recorrido por sus pueblos, sus trenes centenarios y sus puertos pesqueros revela una cultura compartida que desafía las líneas trazadas en los mapas.
En las laderas del País Vasco francés, un tren de cremallera sigue funcionando exactamente igual que hace más de un siglo. Según explica uno de sus operarios, "funciona exactamente igual que hace 102 años. No hemos cambiado nada. Son los mismos motores.
Es el mismo tren". La historia de este ferrocarril se remonta a la visita de Eugenia de Montijo, que "venía de Granada con carroza a desviarse hasta Sara, recogía un guía y subía a espalda de mulas". La afluencia de curiosos que querían seguir sus pasos inspiró a tres emprendedores a construir esta línea ferroviaria.
El sistema es ingenioso: una vía central dentada se engancha con las ruedas de la locomotora, permitiendo ascender pendientes imposibles para un tren convencional. En un tiempo en el que "hace 102 años, lo eléctrico era un lujo" y había vecinos sin electricidad, este tren representaba una proeza técnica.
Desde la cima, las vistas abarcan toda la costa. "Aquí vemos toda la costa del País Vasco sur como al norte. Igual se ve hasta Fontarrabía. Pasaremos en el lado norte que es San Juan de Luz, Guetaria, Vidar, Biarritz", describe el guía local, quien añade: "Para mí, el norte y el sur es el mismo país. Somos hermanos y hermanas".
El euskera sigue siendo el hilo conductor de esta identidad compartida. "Por supuesto, es mi lengua", afirma con orgullo uno de los trabajadores del tren, que también es guardián de la vía: "Mi puesto es vigilar la vía. Que no haya un caballo, que no haya una oveja".
Los senderos que hoy recorren los excursionistas fueron en otro tiempo rutas de contrabando. "Todo lo que no había en Francia se traía de aquí y todo lo que no había en España se traía de aquí", explica el guía, quien revela que su propio padre fue contrabandista. "Tenía una empresa al lado de Pamplona con su hermano. Cortaban árboles y tenía un camión. Transportaba troncos y tenía algunos troncos vacíos dentro", donde escondía piezas de coche y moto.
Su madre también participó en el oficio desde los nueve años: "Mi tío se servía de mi madre para pasar el dinero. Tenía una especie de faja y pasaba la frontera con una cuerda de saltar", simulando ser una niña inocente mientras llevaba los bolsillos llenos de billetes.
El pueblo de Espeleta es célebre por su pimiento, que cuelga de las fachadas de las casas hasta secarse. Con él se elabora el axoa, el plato típico local: "Está ternera picada y cocinada en salsa. La pimienta de Espeleta no hay que cocinarla, hay que ponerla lo último", indica el cocinero.
En el puerto de Biarritz, Manuel, un ostricultor de padre donostiarra y 25 años de experiencia, abre ostras de Bretaña con una destreza asombrosa. La merluza local se sirve con "una pequeña lámina de beicon" y "una salsa de pimiento de Espeleta con piquillos" que resulta "muy mantequillosa". Las txampot —antiguas asociaciones gastronómicas de pescadores— mantienen viva la tradición culinaria del puerto.
El Hotel du Palais es, sin duda, el edificio más emblemático de la ciudad. Según se describe en los recorridos históricos, “es un edificio que Napoleón le dedicó a su mujer” y que sigue siendo referencia del alojamiento de lujo en la costa vasca francesa. La Ville d'Eugénie, como también se le conoce, representa la época dorada en la que Biarritz se consolidó como destino de la élite europea.
La Grand Plage, la playa principal de Biarritz, recibe un sobrenombre que refleja su historia aristocrática. Según explican los conocedores locales, “esta playa la llaman la Playa de los Reyes o la reina de las playas, y pone en evidencia que es donde estaba todo el glamour de Biarritz y sigue habiendo ese toque chic de la costa vasca francesa”.
El actual puerto de Biarritz se construyó tras una gran tormenta en 1900 que destruyó los diques del puerto antiguo. Pero la relación de los vascos con el mar es mucho más antigua. "Los pescadores que vivían aquí se dedicaban fundamentalmente a la caza de ballenas entre el siglo XII y el siglo XVII", según relata el guía. El escudo de Biarritz aún muestra una ballena y un arpón como testimonio de aquella época.
"Los vascos eran los grandes pescadores. Dicen que desde el siglo XI estaban ya en Terranova", añade. De la ballena "se aprovechaba absolutamente todo: la grasa se utilizaba como aceite para encender lámparas y fuegos, y luego la carne se comía todo, como el cerdo". Hoy, esa misma costa es un referente internacional de deportes acuáticos, con olas que atraen a surfistas de todo el mundo.
El centro de Biarritz conserva el eco de su pasado glamuroso. En 1915, Coco Chanel abrió aquí su primera tienda. "Sabía que aquí en Biarritz, como todavía tenía ese glamour, esa atracción con la gente aristócrata, pues dijo: aquí a lo mejor puedo encontrar clientes potenciales", explica un historiador local. La firma ha decidido recientemente regresar a sus orígenes con una nueva tienda que "está haciendo furor aquí en Biarritz".
El Café Miramont, un salón de té emblemático ubicado en una casa de 1872, completa la oferta cultural de una ciudad que mira al Atlántico sin perder de vista sus raíces vascas.