El 26 de agosto de 1986, un ciclista encontró el cuerpo sin vida de una joven de 18 años junto a un árbol en Central Park, a pocos metros del Museo Metropolitano de Arte. Lo que siguió no fue solo la investigación de un crimen, fue un juicio sensacionalista que puso a la víctima en el banquillo y convirtió al asesino en protagonista de las portadas.
Robert Chambers, apodado el asesino pijo, fue el acusado de matar a la joven de 18 años mientras mantenían relaciones sexuales en el parque neoyorquino. Sin embargo, durante su defensa Chambers alegó haber sido víctima de una violación por parte de Jennifer Levin, detalle que desembocó en una auténtica y brutal campaña mediática contra la joven asesinada.
Todo ocurrió durante la madrugada del 26 de agosto de 1986 en Central Park. Eran poco más de las 06:00 horas de la mañana cuando un ciclista que atravesaba una zona poco transitada del parque neoyorquino se detuvo al observar algo extraño junto a un árbol. Al acercarse, descubrió el cuerpo sin vida de una mujer que presentaba evidentes signos de violencia.
Tras una rápida investigación, los agentes confirmaron que se trataba de Jennifer Levin, una joven residente en el barrio del Soho, hija única, recién graduada del instituto y que quería estudiar psicología. Según quienes la conocían, Jennifer Levin no tenía enemigos ni problemas aparentes.
La reconstrucción de sus últimas horas llevó a los investigadores a un local frecuentado por jóvenes de familias acomodadas del Upper East Side. Varios testigos aseguraron haber visto a Jennifer en compañía de Robert Chambers, un joven con el que había coincidido en otras ocasiones. Chambers había discutido previamente con su novia y, poco después, empezó a hablar con Jennifer. Ambos abandonaron el local entre las 04:00 y las 04:30 horas de la madrugada en dirección a Central Park. Esa fue la última vez que alguien vio con vida a Jennifer Levin.
Al llegar a su domicilio, los agentes encontraron a Robert Chambers con la cara y el cuerpo llenos de arañazos. El joven trató de restar importancia a las marcas y aseguró que se las había hecho su gato, negando que conociera a Jennifer. Sin embargo, las contradicciones en su declaración y los testimonios de quienes los habían visto juntos la noche anterior llevaron a su detención.
En el interrogatorio, Chambers terminó reconociendo la autoría del crimen. No obstante, el joven ofreció una versión que chocaba frontalmente con las pruebas al afirmar que mantuvo relaciones sexuales en el parque y que fue Jennifer Levin la que intentó abusar de él. Según relató el propio Robert Chambers, esto le obligó a defenderse.
Robert Chambers no era un desconocido. A pesar de sus problemas con el alcohol y las drogas, su aspecto y su carisma le permitían moverse entre ambientes acomodados. Esa imagen pública influyó notablemente en la percepción social y mediática del caso y los medios de comunicación comenzaron a referirse a él con un apodo que marcaría el desarrollo del juicio: el asesino pijo.
Su cara apareció su fachada como estudiante de un colegio de élite, ocultaba una vida de crimen y adicción. "Parecía un modelo. La gente le trataba como si fuera licenciado de una universidad de la Ivy League. Y sin embargo, sus días los pasaba realmente en la parte más oscura de la vida de las drogas de Nueva York", explicó Linda Fairstein, la fiscal del caso. "Robando para conseguir dinero para comprar drogas."
Una cinta de video tomada en una fiesta a la que Chambers asistió mientras estaba en libertad bajo fianza dio al público una idea de quién era realmente. En ella, rodeado de chicas en lencería, Chambers sostenía una muñeca y parecía burlarse de la muerte de Jennifer Levin: "Oops".
En el foco se colocó no solo al crimen, sino también la vida privada de la víctima y de Robert Chambers. La defensa de Chambers trató de reforzar su versión presentándolo como víctima. En paralelo, algunos medios comenzaron a cuestionar el comportamiento de Jennifer Levin, desviando el foco del crimen hacia aspectos personales y turbios que, supuestamente, habría protagonizado la víctima.
El proceso judicial comenzó el 4 de enero de 1988, casi dos años después de la muerte de Jennifer Levin. La defensa intentó introducir como prueba un supuesto diario personal de Jennifer, pero el juez lo descartó. Durante el proceso, Chambers se desdijo de parte de sus declaraciones iniciales y evitó asumir plenamente su responsabilidad.
Finalmente el acusado aceptó un acuerdo con la Fiscalía. Se declaró culpable de homicidio en primer grado y robo en segundo a cambio de una condena de entre cinco y 15 años de cárcel. En su declaración, pidió perdón, aunque sus palabras no convencieron ni a la familia de la víctima ni a buena parte de la opinión pública.
Tras cumplir su pena, salió de la cárcel en 2003. Sin embargo, su paso por prisión no fue el final de sus problemas con la justicia. Poco tiempo después fue detenido de nuevo por posesión de drogas y por conducir con el carné caducado. Aunque recuperó la libertad tras un breve periodo, en 2007 volvió a ser condenado a otros 15 años de prisión por delitos relacionados con estupefacientes. Hoy, se encuentra en libertad condicional hasta, al menos, 2028.