Medía más de 1,90 metros. Pesaba 136 kilos. Asesinó por primera vez a los 13 años. Y durante casi cuatro décadas mató bajo el encargo de la mafia neoyorquina sin que su mujer sospechara nada. Richard Kuklinski, apodado el hombre de hielo, tenía un método escalofriante para congelar los cuerpos de sus víctimas en una nevera industrial.
Cometió su primer asesinato con 13 años, lo que llevó posteriormente a las autoridades de Nueva York a considerarlo uno de los criminales más peligrosos en la historia del estado. Entre 1949 y 1986, el recuento de cadáveres de Kuklinski rondaba las 100 víctimas, según las sospechas de los investigadores.
Se crió en una familia desestructurada en la que los abusos y los malos tratos estaban a la orden del día. Su primer crimen, según relataría tiempo después, marcó el inicio de una carrera delictiva que se prolongaría desde finales de los años 40 hasta que fue capturado por la Policía de Nueva York a finales del siglo XX.
Para los años 50 ya se había ganado una reputación en el mundo del hampa. Su imponente físico intimidaba tanto como su mirada. Por eso, no tardó en llamar la atención de miembros de la mafia neoyorquina, entre ellos integrantes del entorno del clan Gambino.
Roy Demeo, un mafioso del clan de los Gambino, conoció a Kuklinski y decidió contratarlo tras ponerle a prueba. El examen al que fue sometido Richard Kuklinski era sencillo y brutal: asesinar a un desconocido elegido al azar.
Ambos seleccionaron a un hombre que paseaba tranquilamente por la calle. Kuklinski se acercó por la espalda y, sin mediar palabra, le disparó. La víctima cayó fulminada. Aquel fue su asesinato de iniciación. Desde ese día, se convirtió oficialmente en un sicario al servicio del crimen organizado.
Tras ser escogido como el sicario del clan de los Gambino, Kuklinski perfeccionó lo que mejor sabía hacer: matar. Para ello, utilizaba armas de fuego, estrangulamientos y venenos. Entre sus métodos más temidos estaba el uso de cianuro. La muerte podía llegar en menos de 15 segundos, muchas veces sin que la víctima comprendiera qué estaba ocurriendo.
La acumulación de cadáveres a manos de Kuklinski y por encargo del clan de los Gambino comenzó a convertirse en un problema para la familia de mafiosos. La Policía estrechaba el cerco, y el clan y su matón necesitaban ganar tiempo.
Fue entonces cuando Kuklinski ideó una técnica que le valdría su apodo: congelar los cadáveres que iba acumulando. Su objetivo era alterar la fecha de la muerte. Si el cadáver permanecía congelado, los investigadores tendrían más dificultades para determinar el momento exacto del crimen.
Entre las víctimas atribuidas a Kuklinski figuran nombres como Paul Hoffman, Daniel Debner o George Mulligan, hombres vinculados a negocios ilícitos, deudas y ajustes de cuentas. Pero no todas sus muertes estuvieron relacionadas con encargos externos.
En 1982, en un motel de Nueva Jersey, apareció el cadáver de Gary Smith, un colaborador cercano. Smith, según las investigaciones, pretendía delatar a Kuklinski a cambio de un acuerdo judicial. Sin embargo, nunca llegó a hacerlo y es que el supuesto topo fue envenenado con cianuro y, posteriormente, estrangulado.
Otro caso notable fue el de Peter Calabro, detective del Departamento de Policía de Nueva York, tiroteado en marzo de 1980 tras ser bloqueado en la carretera por otro vehículo. Recibió dos disparos en el cráneo y su coche terminó empotrado contra una barrera de seguridad. Aunque el crimen nunca fue resuelto oficialmente, los investigadores sospecharon de la posible implicación de Kuklinski, hasta que este confesó su culpabilidad en el año 2003.
Con el tiempo, la presión policial fue en aumento hasta desembocar en la denominada Operación Iceman. Un agente encubierto, Dominick Polifrone, logró infiltrarse en su círculo de confianza. Durante meses se ganó su credibilidad, grabando conversaciones con Kuklinski.
La trampa definitiva se tendió en torno al veneno que Kuklinski utilizaba en sus crímenes. El conocido como hombre de hielo buscaba cianuro para ejecutar un nuevo encargo y recurrió a quien creía que era su hombre de confianza. Sin embargo, la sustancia entregada formaba parte del operativo policial.
Desconfiado, decidió probarla antes en un perro. Al comprobar que el animal no sufría ningún efecto, confirmó que aquello no era cianuro. Fue entonces cuando los investigadores decidieron detenerlo antes de que pudiera actuar de nuevo.
En su hogar, Kuklinski llevaba una vida aparentemente normal y familiar. Su mujer convivió durante 26 años con él sin sospechar el historial delictivo de su marido y la magnitud de sus crímenes. Su imagen como padre de familia contrastaba con la de asesino metódico que congelaba cadáveres y que tenía revolucionada a la Policía de Nueva York.
Kuklinski murió en prisión el 6 de marzo de 2006, a los 70 años. Los médicos certificaron causas naturales. Sin embargo, su fallecimiento generó especulaciones. Algunos sostienen que estaba dispuesto a colaborar con las autoridades sobre miembros de la mafia neoyorquina. A día de hoy, las causas de su muerte, como muchos de sus crímenes, permanecen siendo una incógnita.