Hay crímenes que parten la historia de un país, marcando un antes y un después. La desaparición de Etan Patz, acaecida en el corazón de Manhattan el 25 de mayo de 1979, es uno de esos casos. El primer episodio de 'NY Killers' arranca así con el caso de un niño de tan solo seis años cuyo rastro se perdió en Nueva York y que hoy tendría 53 años, más que sus padres el día que desapareció.
El 25 de mayo de 1979 amaneció como un viernes cualquiera en el barrio del Soho. Etan Patz desayunó en casa con sus padres y salió rumbo al colegio solo por primera vez. Llegar hasta la parada del autobús, a solo dos manzanas de su casa, era su ilusión.
El niño llevaba días tratando de convencer a sus padres, y al final estos cedieron. Era un trayecto corto y un vecindario conocido. Pero Etan nunca llegó a clase. Con el paso de las horas, los Patz vieron que el pequeño no aparecía y la inquietud se transformó en angustia. Llamaron al colegio y confirmaron su más terrible sospecha: el pequeño Etan no había asistido ese día.
La búsqueda fue inmediata y masiva. En un tiempo todavía sin redes sociales, la imagen del niño inundó la ciudad de Nueva York. Se imprimieron miles de carteles y su fotografía llegó a aparecer en los cartones de leche, en una iniciativa que marcaría un antes y un después en la visibilización de menores desaparecidos en Estados Unidos. El impacto fue tal que el 25 de mayo fue declarado por el Congreso de Estados Unidos como el Día Nacional de los Niños Desaparecidos, fruto del impacto del caso Patz.
En 1982, tres años después de la desaparición, los agentes encontraron al primer sospechoso: José Ramos, un hombre sin hogar que conocía a la niñera de Etan Patz. Durante un interrogatorio, Ramos llegó a admitir que sabía quién era el niño. Sin embargo, sus declaraciones contradictorias y la ausencia de pruebas no fueron suficientes para acusarle formalmente.
Un hallazgo en sus pertenencias resultó escalofriante: entre colchones sucios y objetos abandonados, hallaron revistas pornográficas y una cartera con fotografías de varios niños de rasgos físicos similares a los de Etan. Ramos acabó en prisión por abusos a otro menor, pero nunca fue condenado por esta desaparición. Los padres, convencidos de su culpabilidad, le enviaban, dos veces al año (en el cumpleaños del niño y en el aniversario de su desaparición), el mismo cartel con una pregunta escrita en el dorso: "¿Qué hiciste con mi pequeño?".
En 2010, más de tres décadas después, un nuevo fiscal reactivó el caso. Se excavó un sótano cercano al domicilio familiar durante varios días, pero no apareció nada. El auténtico punto de inflexión llegó dos años más tarde. José López, residente en Nueva Jersey, contactó con las autoridades y señaló a su cuñado, Pedro Hernández. Aseguró que años atrás le había confesado que mató a un niño en Nueva York. En el momento de la desaparición, Hernández tenía 18 años y trabajaba como reponedor en una tienda situada en la ruta que el niño debía recorrer aquella mañana.
La confesión de Hernández ante los investigadores fue detallada y perturbadora: confesó haber atraído a Patz al sótano de una bodega donde trabajaba, ofreciéndole un refresco antes de estrangularlo y ocultar el cuerpo en una bolsa dentro de una caja, que abandonó en un contenedor de basura cercano. Negó cualquier tipo de motivación sexual en el crimen.
Pero la solidez jurídica de esa confesión ha sido, desde el primer momento, el núcleo del debate. La confesión inicial de Hernández se obtuvo tras un interrogatorio de siete horas, antes de que se le leyeran sus derechos y sin la presencia de un abogado. Además, Hernández padece trastornos mentales diagnosticados y un bajo coeficiente intelectual, circunstancias que la defensa ha resaltado como factores que podrían haber influido en sus confesiones.
A esto hay que sumar que no existen pruebas físicas que vinculen directamente al acusado con la desaparición o muerte de Patz. Todo el caso gira en torno a las declaraciones autoinculpatorias y a la credibilidad que los jurados dieron a los testimonios y grabaciones.
El primer juicio, celebrado en 2015, terminó sin veredicto. La defensa alegó que Hernández sufría problemas mentales y que su confesión no era fiable. Tan solo un miembro del jurado votó como "no culpable". En el segundo proceso, tras nueve días de deliberaciones, el jurado declaró a Hernández culpable de homicidio doloso y secuestro. El juez le condenó a 25 años de prisión y cadena perpetua.
Sin embargo, en julio de 2025, un tribunal federal de apelaciones de Nueva York revocó la condena. La decisión obligó a las autoridades a elegir entre celebrar un nuevo juicio o liberar al acusado. La fiscalía de Manhattan confirmó en noviembre de 2025 que seguiría adelante con el procesamiento. Actualmente, Pedro Hernández, de 65 años, aguarda un tercer juicio cuya fecha aún no ha sido fijada.
A día de hoy, el cuerpo de Etan Patz sigue sin aparecer. El caso que transformó la investigación de personas desaparecidas en Estados Unidos permanece abierto, suspendido en esa pregunta sin respuesta que sus padres grabaron al dorso de miles de carteles hace casi medio siglo.