Hay asesinos que actúan en la sombra durante décadas porque sus víctimas no importan a la sociedad. Eso es, precisamente, lo que ocurre con el segundo episodio de 'NY Killers', que trata uno de los casos más oscuros e ignorados de los años noventa en la Gran Manzana: el del llamado 'The Last Call Killer', conocido en España como el asesino de la última ronda.
Este criminal elegía los últimos momentos de la noche para asesinar a hombres homosexuales, cuyos cuerpos aparecían días después completamente desmembrados y abandonados en bolsas de basura repartidas por diferentes puntos de la ciudad.
El primer hallazgo que marcó el inicio de la investigación se produjo el domingo 5 de mayo de 1991. A las tres de la tarde, un trabajador del servicio de autopistas se detuvo en un área de descanso para vaciar los cubos de basura. Uno de ellos pesaba más de lo habitual. Al abrir las bolsas, descubrió restos humanos con evidentes signos de violencia.
El cuerpo, completamente desnudo y sin ningún tipo de identificación, fue trasladado a la morgue para la autopsia. El cadáver presentaba profundas heridas en el pecho, una puñalada en la espalda y numerosas magulladuras repartidas por la piel, evidenciando una agresión prolongada.
Pero había un detalle aún más perturbador: el agresor había amputado el pene de la víctima y lo introdujo en su boca, empujándolo hasta la garganta. Un gesto que los expertos interpretan como un acto de humillación 'post mortem', además de una muestra de ensañamiento.
Un año después, el 10 de mayo de 1992, apareció en otro cubo de basura ropa manchada de sangre, esta vez en una zona de descanso de Nueva Jersey. La confirmación genética de los restos permitió finalmente poner nombre a la víctima: Peter Anderson, de 54 años, banquero, padre separado de dos hijos y antiguo miembro de la Primera Tropa de Caballería de Filadelfia, una de las unidades militares más antiguas de Estados Unidos. En la reconstrucción de sus últimas horas se descubrió que había pasado la noche en el Town House Bar, un local frecuentado por hombres gays en Manhattan.
Poco después llegó el caso de Thomas Mulcahy. Testigos relataron que, desde la barra, coqueteó con varios clientes, pero uno en concreto captó su interés. Salió del local con ese hombre hacia las 23:15 horas. Ambos retiraron 200 dólares de un cajero automático cercano. Fue la última vez que alguien lo vio con vida. Dos días después de su desaparición, dos operarios encontraron bolsas de basura que chorreaban sangre, y dentro de ellas se encontraba su cabeza decapitada.
En julio de 1993 se registró otro nuevo caso. La víctima era Michael Sacara, un hombre que acudió a un bar donde entabló conversación con un individuo de unos 50 años, pelo castaño y estatura media, según declararía más tarde un testigo. Días después, los restos humanos de la víctima aparecieron de nuevo en bolsas de basura.
Tras casi tres años de aparente silencio, en mayo de 1996, otro hallazgo confirmó que el asesino seguía activo. La víctima era Anthony Marrero. Para entonces, la Policía ya hablaba abiertamente de un asesino en serie que atacaba a hombres gays.
Casi una década después de los primeros crímenes, la ciencia intervino para reconducir una investigación que no había llegado a buen puerto. En el año 2000, los investigadores reabrieron el expediente de Thomas Mulcahy y revisaron las pruebas con técnicas forenses más avanzadas.
Los agentes tomaron la decisión insólita de trasladar físicamente las evidencias del caso hasta Toronto. El análisis resultó prometedor: se extrajeron 17 huellas dactilares que, cotejadas con las pruebas de los otros tres asesinatos, confirmaron la relación del sospechoso con todos ellos.
Estas nuevas pistas llevaron a las autoridades a Richard Rogers, una persona que ya había sido acusado de asesinato. A los 22 años, compartía piso con Frederick Spencer mientras estudiaban en la Universidad de Maine. El 30 de abril de 1973 dos ciclistas que recorrían una zona boscosa descubrieron un cadáver. Era Frederick Spencer.
Al inspeccionar el apartamento de Richard, el joven fue detenido y, ante la evidencia, confesó el crimen, aunque aseguró que "actuó solo para protegerse". Se acogió a la llamada 'defensa del pánico gay', un argumento legal que permitía a una persona heterosexual justificar un ataque contra un miembro del colectivo LGTBI alegando miedo, por lo que fue absuelto.
Tras un intenso interrogatorio, Richard Rogers, enfermero en el hospital Monte Sinai, fue detenido en el año 2001 y acusado de estos brutales crímenes. Cuatro años después, el juicio de Richard acaparó los titulares.
Tras negarse a llegar a un acuerdo con la Fiscalía, fue condenado a dos cadenas perpetuas consecutivas y 10 años adicionales por los asesinatos de Thomas y Anthony Marrero. Sin embargo, no se pudo probar su responsabilidad en las muertes de Michael Sacara y Peter Anderson, aunque los investigadores sostuvieron que el patrón era el mismo.