Hay crímenes que conmueven ciudades enteras, y este es el caso de un asesino en serie que operó durante años ante los ojos de todos sin que nadie lo viera venir. Ese es el caso de Joaquín Ferrándiz Ventura, el llamado depredador de Castellón.
Todo comenzó con el asesinato de Sonia Rubio, calificado por los propios expertos como un "crimen de orientación sexual y un escenario macabro". Ferrándiz es descrito como alguien del que los investigadores sintetizaron una conclusión tan simple como aterradora: "Era un cazador de mujeres y la realidad supera la ficción".
Joaquín Ferrándiz Ventura nació el 9 de diciembre de 1963 en la provincia de Valencia. Su primera detención se produjo el 6 de agosto de 1989, cuando atropelló deliberadamente a una motociclista de 18 años llamada María, fingió ayudarla y la violó en una zona aislada antes de abandonarla cerca de un hospital. Fue condenado a catorce años de prisión por ese crimen.
Lo que ocurrió durante su internamiento resulta capital para comprender los hechos posteriores. Ferrándiz compartió celda con un criminal que había matado a su esposa, y tras su liberación imitaría el modus operandi de ese compañero en sus propios asesinatos. Así, en 1995 salió en libertad condicional gracias, en parte, a su buen comportamiento, y se instaló en Castellón con su madre para trabajar en una compañía de seguros. Sus compañeros lo describían como alguien absolutamente normal, educado y encantador.
Sonia Rubio Arrufat, una profesora de inglés de 25 años, fue vista por última vez a las 5:00 de la madrugada del 2 de julio de 1995, saliendo de una discoteca de Benicasim. Tenía intención de caminar el kilómetro que separaba ese local del apartamento de sus padres. Nunca llegó.
Su cuerpo fue encontrado el 20 de noviembre por un automovilista, escondido en unos arbustos cerca de la carretera entre Benicasim y Oropesa del Mar: semi vestida, con las manos atadas y la boca cubierta con cinta adhesiva. La Guardia Civil bautizó la investigación con el nombre de 'Operación Bola de Cristal'.
Pocos meses después, los investigadores comprendieron que no estaban ante un crimen aislado. El 14 de septiembre de 1996 desapareció Amelia Sandra García Costa, de 22 años, vista por última vez saliendo de la discoteca "Aquí Me Quedo" en el polígono Los Cipreses, en Castellón. Su cuerpo, también semi vestido y con las manos atadas, fue hallado en un estanque de Onda el 19 de febrero de 1997. Las similitudes con el caso de Sonia Rubio resultaban imposibles de ignorar.
La investigación se estancó durante casi tres años. Fue entonces cuando ocurrió "un hecho que lo cambió todo": el 15 de febrero de 1998, una joven fue abordada por un hombre mientras volvía a casa tras salir de fiesta en Castellón.
La víctima, identificada como Lidia M., sobrevivió y dio su testimonio ante los investigadores con una crudeza escalofriante: "Esta persona aprovechó para sentarse sobre mí. Empezamos a forcejear y yo seguí gritando". Un padre y su hijo, que esperaban a su hija desde el balcón, presenciaron cómo el agresor la estrangulaba. La propia víctima lo confirmó: "Finalmente perdí el conocimiento".
Fue el abogado de esta superviviente quien acudió al fiscal del caso, Juan Salvador Salom, convencido de que se trataba del asesino de Sonia Rubio: "Simplemente tuvo la intuición porque el método que utilizaba era el mismo". A partir de las declaraciones de los testigos presenciales se identificó el vehículo del agresor, y ese dato condujo directamente hasta Joaquín Ferrándiz Ventura.
Una vez identificado policialmente como sospechoso, la Guardia Civil no quiso dejarlo solo ni un segundo junto a ninguna mujer: "Teníamos miedo de que pasara algo". Pidieron ayuda a la UCO, cuyo departamento de vigilancia encubierta opera las 24 horas sin que el investigado lo sepa.
Los agentes comenzaron a observar su comportamiento en la zona de ocio nocturno, y lo que vieron les heló la sangre. Aunque a diario "llevaba una vida muy normal", los fines de semana se quedaba solo en las discotecas después de que sus amigos se marcharan: "Se ponía en la barra, se bebía su vodka con naranja y observaba hasta que se fijaba en alguien que le llamaba la atención". Cuando estaba solo, "le cambiaba hasta la cara". El agente Antonio García lo describió así: "No era cara de voy a ligar, era cara de estoy cazando. Era un cazador de mujeres".
No fue hasta cuatro meses después de iniciado el seguimiento que Ferrándiz actuó. Un 12 de julio, al despedirse de sus amigos, continuó en la discoteca hasta que se fijó en una chica y se fue tras ella al verla salir.
Aprovechó para desinflarle una de las ruedas del coche, provocando que esta diera vueltas de campana al adentrarse en una zona de gravilla. Cuando los agentes encubiertos se le acercaron para preguntarle si necesitaba ayuda, Ferrándiz decidió rechazarla y llevar a la víctima al hospital. Fue entonces cuando los investigadores decidieron ir a hablar con el juez.
Tras el dispositivo de seguimiento y convencidos de que Ferrándiz era su hombre, los agentes acudieron al domicilio del juez para pedir una orden de registro, aunque eso supusiera poner en peligro casi tres años de investigación. El riesgo mereció la pena. En el registro de su casa se encontró el rollo de cinta adhesiva que había utilizado para amordazar a Sonia Rubio, vinculándole directamente con el primer asesinato. Ferrándiz fue detenido el 29 de julio de 1998.
Interrogado, acabó confesando. Para el 21 de octubre había admitido haber matado a Sonia Rubio, a Amelia Sandra García y a tres prostitutas de la zona de Vora Riu: Natalia Archelos Olaria (24), Mercedes Vélez Ayala (29) y Francisca Salas León (24). El 14 de enero de 2000 fue declarado culpable de cinco cargos de asesinato y condenado a 69 años de prisión.
El 22 de julio de 2023 salió en libertad de la prisión de Herrera de la Mancha.